Ceremonia de inauguración de los JJOO de París 2024

Empiezo esta reflexión con la declaración de no haber terminado de ver el acto al completo, pero a la hora 45' del visionado, he percibido claramente que el deporte no era el objeto de esa ceremonia. Tenía muchas ganas de ver a los atletas desfilando y he tenido que apreciarlos desde muy lejos, al mogollón, no pudiendo distinguirlos. Ha sido innovador el desfile por el Sena, pero habría estado bonito que los atletas hubieran desembocado en el estadio olímpico, donde pudiesen mezclarse en una noche de fiesta, porque ellos, que son quienes han estado años sufriendo para prepararse, eran los auténticos protagonistas. Por el contrario, ha destacado, a mi modesto entender, un amplio enfoque sobre la muerte, primero llevando a niños al inframundo a través de las catacumbas parisinas, continuando con las innumerables María Antonietas decapitadas, sosteniendo sus cabezas sonrientes en sus reales regazos. Seguido esto con un alarde de chorros de sangre por delante de las damas, amenizado con una melodía más acorde a un akelarre que a la maravillosa música de Haydn, Gluck o del pequeño Wolfgang Amadeus, que ya empezaba a presentarse como niño prodigio en las cortes europeas en tiempos de esa reina. Otra cosa que me ha llamado la atención en la celebración fue el exceso de rosa chicle en diversas actuaciones como la de las coristas del Molin Rouge, o las plumas de Lady Gaga, quizás por la enorme intención de resaltar la diversidad entre una sexualización cada vez más de obsesionada con lo transgresor, donde se pretende dar normalidad por ejemplo, a tríos y/o a relaciones entre ellos, ellas y elles. También se hizo notar a los transgéneros en la representación de una última cena de Leonardo da Vinci. Es obvio que en la elección para esta farsa, había que tirar del cristianismo porque con los musulmanes, Francia jamás se hubiera atrevido. Lo del Charlie Hebdo aún escuece y cada vez hay más adeptos a la religión de Mahoma en el país galo. La muerte ha quedado plenamente patente en el desfile del caballo blanco que la representaba en el Apocalipsis. Y esos personajes sin cara que daban más miedo que otra cosa, recorriendo la ciudad como si de un parcourista se tratara. Ya no recuerdo más de lo que hasta donde pude vi, aunque sí que he mirado muchos fragmentos de otros momentos, como la culminación de la actuación de Cèline Dion, quien parece que hubiera hecho un pacto con el diablo tras lo enferma que dice haber estado. A mi sólo me queda recordar que las últimas celebraciones globales multitudinarias siempre han estado plagadas de una simbología muy lejos de ser positiva. Recordemos las olimpiadas de Londres, con tantas camas de hospital y siempre, los niños, para mover nuestras emociones. La infancia, la pureza, la mayor cantidad de energía pura acumulada en cuerpos pequeños. Protejamos a nuestros niños y no demos por normal lo que no es. Démonos cuenta que los hemos estado anestesiando con los videojuegos y los móviles, haciéndoles poco creativos y más incultos día tras día. Recordemos y valoremos celebraciones como Barcelona 92, donde se promovía la unión de los pueblos y donde los atletas fueron los verdaderos protagonistas. París ha simulado la reencarnación de Sodoma y Gomorra, así es que probablemente la veamos en un futuro no muy lejano convertirse en estatua de sal. #parisnomerepresenta

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